El Reino luego mutó y tuvo personalidades e industrias definidas. Pero la primera idea que tuve de él está plasmada en este corto texto:
Guerra entre
castillos armados con alambre. Como chicos que agarran lo que tienen
a mano y construyen un fuerte, esta vez con destino anti bélico pero sí con intención agresiva.
La torre penetra el
cielo, corta el espacio vacío. “¡Acá estoy!”, parece gritar.
La pared Norte de mi
castillo está hecha de hojas escritas y montones de bollos de papel
manchado con café, forman con sus arrugas un paisaje de valles y
cordilleras, ríos de letras tomadas de la mano simulan caravanas de
animales cruzando los Andes.
La pared Sur de la
torre está hecha de triángulos de pizza. Son una trampa mortal,
cual pantano infranqueable. Si uno pisa sus avalanchas de queso
derretido ya no hay forma de escapar a su viscosidad.
En mi propio jardín
los árboles son pequeños en copa pero muy altos y lánguidos, sus
ramas desnudas se retuercen al extenderse desde la altura, parecen
neuronas interconectando todos los vacíos que pudieran quedar. A
veces parecen más esqueletos o relámpagos. A veces parece que
fueran a dar fruto a algo nuevo como las ramitas en un racimo de
uvas. Y a veces parecen amenazantes, queriendo ocupar todo el
espacio, ahogando todo lo que quiera crecer, omnipresentes.













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